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Tan pronto las humanas se marcharon, las lobas formaron una especie de círculo silencioso entre la puerta y donde yo permanecía, paralizada por la conmoción.

 Advertí el temblor incontrolable de mis manos, el nudo en mi garganta, el hueco helado en la boca del estómago. Lo que acababa de presenciar me había sacudido más que si me hubiera golpeado un rayo. No me atrevía a pedir permiso para retirarme, de modo que opté por distraerme manteniéndome ocupada.

Comencé a recoger

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