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Por rara ocasión, a la mañana siguiente desperté antes que él. Me sorprendió advertir la escasa claridad que la cinta me permitía adivinar.

—¿Mi señor? —llamé en voz baja, acariciando su espalda—. ¿No es de día ya?

—Es domingo —gruñó soñoliento, la cara seguramente hundida en su almohada—. No necesitamos levantarnos todavía.

—Pero tienes que ir a misa.

—Iré por la tarde.

—¿Y qué excusa daré yo para no ir a la capilla?

—Que una semana de rascar p

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