Aquella mañana, Samantha se despertó con una sonrisa en los labios. El sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando la habitación con una luz cálida que prometía un día perfecto. A su lado, Dominik seguía dormido, con el brazo aún rodeando su cintura, como si incluso en sueños se negara a soltarla.
—Dominik —susurró, moviéndose ligeramente—. Despierta.
Él gruñó algo ininteligible y la apretó con más fuerza.
—Hoy vamos a cenar con mis padres —insistió ella, riendo—. No podemos llegar tar