El silencio dentro de la celda pesaba más que las cadenas que ceñían las muñecas de Killian.
La mirada de Josselyn no vaciló.
—No hemos venido a salvarte.
Su voz sonaba fría, como si hablara de algo totalmente desprovisto de sentimiento.
Killian esbozó una leve sonrisa, respirando con dificultad. De vez en cuando tosía, frunciendo el ceño por el dolor, y se presionaba el pecho con la mano.
—Bien.
Alzó un poco la cabeza, aunque el movimiento hizo que la herida en su cuello volviera a abrirse.
—S