Josselyn tomó aire profundamente, con la mirada fija en el cielo de aquel día. Su azul limpio y brillante no parecía el presagio de un final.
El palacio de Valenroth se alzaba majestuoso, adornado con telas blancas y doradas que caían en cascada de las columnas. Flores frescas llenaban cada rincón del gran salón, con un aroma dulce —demasiado dulce, casi empalagoso.
Era el día de la boda del Príncipe Heredero. El día que debía ser una celebración. Pero para Josselyn, todo parecía un patíbulo di