—¡Caminen!
La voz del soldado resonó con fuerza, empujando a Josselyn y a los otros cinco hombres hasta colocarlos ante el trono del Rey. El suelo de mármol estaba helado cuando los arrojaron sin ninguna clemencia.
Las cadenas de sus muñecas chocaron entre sí con un sonido agudo.
Josselyn alzó lentamente el rostro.
El salón estaba lleno. Ministros, nobles, ojos acostumbrados a juzgar sin hablar: todos se habían reunido, formando un semicírculo que dejaba un espacio vacío en el centro —el espaci