El salón aún no recuperaba la calma por completo. Los susurros seguían rozando el aire, más afilados que nunca: ya no era solo inquietud, sino desconfianza manifiesta. Las miradas de los nobles iban de un rostro a otro, hasta detenerse al fin en un mismo punto: el Rey, y junto a él, Clarissa.
La Reina permanecía aún entre los brazos de Killian; su respiración era débil, pero constante. Cada exhalación parecía una prueba de vida que acallaba todas las acusaciones que se habían vertido hasta ento