El despertar fue una coreografía de dolor, neblina y un sabor a ceniza que se negaba a abandonar mi paladar. Mis pulmones ardían, como si cada inhalación fuera un corte con un cuchillo mellado, y mi cabeza parecía un tambor a punto de estallar. Abrí los ojos con una lentitud agónica, encontrándome primero con el techo blanco y desconocido de una habitación que no era la mía.
Luego, lo vi a él.
Kyler estaba sentado en un sillón a un lado de la cama, hundido en la penumbra. Tenía la cabeza gacha,