El aire se sentía como cristales rotos al entrar en mis pulmones, pero no me importaba. Nada importaba. Solo el peso de ella en mis brazos. El depósito de archivos, ese maldito horno de acero que estuvo a punto de convertirse en su tumba, quedaba atrás, colapsando en una sinfonía de vigas retorciéndose y el rugido sordo de las llamas que todavía intentaban alcanzarla. Pero ella estaba conmigo.
Alissa estaba inerte contra mi pecho. Su piel, habitualmente cálida y vibrante, se sentía alarmantement