Los días siguientes en Jarabacoa fueron extrañamente tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Valeria se despertaba cada mañana con el canto de los pájaros y el aroma del café que Mateo preparaba. Lo observaba desde el porche mientras él trabajaba en el huerto o reparaba alguna cabaña. A veces lo ayudaba, otras simplemente lo miraba, disfrutando de esa versión de él que nadie más conocía: el hombre paciente, fuerte y silencioso que había construido su propio mundo con las manos.
Pero debajo de esa cal