Los días en Jarabacoa seguían su ritmo lento y sanador.
Valeria se había acostumbrado a despertar con el canto de los pájaros y el aroma del café que Mateo preparaba cada mañana. Ya no revisaba el teléfono con miedo. Ya no esperaba que en cualquier momento llegara un nuevo mensaje de Alejandro o una llamada furiosa de su padre.
Pero esa mañana, todo cambió.
Estaban desayunando en el porche cuando un empleado del albergue se acercó con un sobre en la mano.
—Señorita Valeria, llegó esto para uste