La tormenta no se detuvo en toda la noche.
Alma Nova permanecía sentada en el borde de la cama, completamente vestida y con las botas puestas. Sus manos temblaban. El calor en sus tobillos se había extendido hasta las pantorrillas, como si algo vivo le estuviera subiendo por las piernas.
El bosque ya no susurraba. Ahora cantaba.
Voces de mujeres —decenas de ellas— se entretejían con el sonido de la lluvia, creando una melodía que se metía directamente en los huesos. Era hermo