La segunda noche llegó más silenciosa que la anterior.
No hubo tormenta furiosa ni viento aullando. Solo una lluvia fina, constante, casi tierna. El tipo de lluvia que invita a salir, no a resguardarse. El bosque había cambiado de táctica.
Alma Nova no durmió. Se quedó sentada en una silla frente a la ventana, con las botas puestas y los cordones doblemente atados. La marca en su tobillo izquierdo ahora era una pequeña rama con dos hojitas diminutas. Cada vez que la tocaba, sentía un cosquilleo