La mañana siguiente amaneció con una calma engañosa.
Valeria se despertó enredada entre los brazos de Mateo, con la cabeza apoyada en su pecho y el sonido constante de su corazón como único ruido en la habitación. Por unos minutos se permitió disfrutar de esa paz: el calor de su piel, el olor familiar que ya reconocía como hogar, la forma en que él la abrazaba incluso dormido, como si temiera que ella desapareciera.
Pero la realidad no tardó en golpear.
Su teléfono vibró sobre la mesita de noch