La noche se hizo eterna en el Refugio Verde.
Valeria no había dormido ni un minuto. Estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en la pared. La habitación que durante veinte años había sido su refugio, ahora le parecía una cárcel. Cada objeto, cada foto, cada recuerdo gritaba el nombre de Mateo. Y cada uno de esos recuerdos ahora estaba manchado.
Se levantó cuando el reloj marcó las cinco de la mañana. Se duchó con agua fría, como si pudiera lavar toda la mentira que acababa de