Valeria no podía moverse. El teléfono aún temblaba en su mano después de colgar con Luna. Las palabras de su hija seguían resonando en su cabeza como un eco sin fin: “Voy a ir con él.”
Mateo estaba parado frente a ella, pálido, esperando que dijera algo. Pero Valeria no tenía palabras. Solo sentía un vacío enorme en el pecho, como si alguien hubiera arrancado todo lo que la mantenía de pie durante veinte años.
—¿Vas a decir algo? —preguntó Mateo con voz baja.
Valeria lo miró. Ya no veía al homb