Capítulo 32 —Piel de seda
El silencio que se instaló en el salón tras la pregunta de Dante no era el vacío de la ausencia, sino la densidad de un aire sobrecargado. Ivanka lo miró de frente, sosteniendo la fijeza de sus ojos claros, y dio un paso lento hacia él. El paño de limpieza resbaló de sus dedos flojos. Levantó la mano y, con una parsimonia deliberada, estiró el dedo anular; con el índice de la otra mano, trazó un círculo invisible sobre la piel desnuda, justo donde se carga la promesa de