El silencio en la inmensa sala de estar de la villa era denso, interrumpido únicamente por el suave crujir de la madera en la chimenea que Ian había encendido para combatir la fresca brisa nocturna. Annie estaba sentada en el extremo del amplio sofá de cuero. Sostenía entre sus manos temblorosas una taza de té caliente, buscando en el calor de la porcelana un poco de consuelo para el frío que se le había instalado en el pecho tras recibir aquel mensaje. Frente a ella, de pie y recostado contra