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Ella intentó hablar, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Tenía la voz cortada, temblorosa, y la respiración tan agitada que casi no podía hilar una sola frase coherente. Balbuceaba sonidos ahogados, extendiendo el teléfono hacia él con desesperación. Al verla al borde de un ataque de pánico, Ian la sostuvo firmemente por los hombros. El peso y el calor de sus manos grandes sobre ella sirvieron como un ancla en medio de su tormenta.

—Mírame, Annie. Mírame a los ojos y respira —le o
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