Cuando la llamada finalizó y la pantalla se volvió a apagar, Annie se quedó mirando el vacío. Un extraño resabio se instaló en su boca. Por un lado, sentía un alivio total porque su madre estaba a salvo, respirando y sonriendo; pero por el otro, se sentía sumergida en una culpa aniquilante. Esa culpa la estaba matando por dentro cada vez que tenía que recurrir a una mentira mirando a su madre a los ojos, todo con tal de salvarse a sí misma y de proteger la gigantesca mentira de su matrimonio.
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