La cabaña era pequeña, se sentía casi asfixiante para todo lo que estaba ocurriendo dentro.
El aire olía a madera húmeda, a hierbas trituradas y a sangre, lo que para la mayoría sería un incómodo olor a óxido por la sangre, para Lyra el olor de Leo era un aroma que le pertenecía.
Leo yacía sobre una cama cubierta con pieles gruesas, su cuerpo apenas reaccionaba al contacto, su pecho subía y bajaba con dificultad, como si cada respiración fuera una batalla que no estaba seguro de poder ganar.