Roth no se atrevió siquiera a tocarla, no la empujó, no la sujetó, la siguió desde atrás, de cerca.
Él detallaba cada uno de sus movimientos, sintiendo el golpe del aroma que ella dejaba por todo el camino, al tiempo que su lobo lo arañaba desde el pecho, exigiéndole tomarla, exigiéndole marcarla.
Pero él no lo haría, no pensaba hacerlo, ella no era su destino, no podía serlo, para Roth, su destino era más grande que eso.
Así bajaron las escaleras de la torre, en silencio, el guardia que aco