El olor a humedad y sangre se mezclaba con el hierro oxidado de las cadenas, Liana no gritaba, no lloraba y no suplicaba.
Eso era lo que más aterraba a los guardias, ella estaba de pie, inmóvil, mientras dos lobos arrastraban a su padre por el patio central del antiguo edificio de justicia.
En el mismo lugar donde, generaciones atrás, los ancianos habían proclamado equilibrio y honor, ahora solo quedaba polvo, piedra agrietada y una multitud silenciosa viendo una injusticia.
¿Cómo es que la