El claro central de la manada estaba iluminado por antorchas altas, clavadas en la tierra húmeda como lanzas antiguas.
El fuego no solo daba luz, también marcaba el territorio, la jerarquía y una advertencia, aquella noche, ningún lobo hablaba en voz alta, pero todos murmuraban con la esperanza latente.
Ares volvía de hacer sus rondas de vigilancia del bosque cuando sintió la extraña atmósfera, incluso antes de cruzar el límite del bosque, por lo que su lobo, comenzó a moverse intranquilo.