Ares llegó a los límites de la manada casi sin recordar el trayecto, había corrido en su forma de lobo por el bosque como un loco, guiado más por el instinto que por la razón.
El bosque que siempre fue familiar para él, pero está vez lo recibió con el olor intenso de lobos desconocidos.
Los aullidos de su manada ya habían cesado, todo lo que quedaba cuando se adentraba entre los árboles, era el rastro del caos.
Había marcas de garras en la tierra, pelos en el suelo y san