Era media noche y el bosque estaba más oscuro que de costumbre, no se veía la luna, una espesa niebla la había cubierto.
Leo recorría los alrededores de la manada, como siempre lo había hecho, era el turno del alfa patrullar esa noche, sin embargo, Leo le había prometido cubrirlo y unos cuantos lobos lo acompañaban, para cubrir más terreno.
De pronto, se escuchó un ruido, pero no era un ruido cualquiera, no era un ruido más del bosque, era una pisada, seguida de otra y otra,