Capítulo 11 — No me mientas

Había algo en el bosque, algo acechaba y Ares lo sabía muy bien, antes él había sentido una leve presencia, pero ahora estaba seguro.

¿Lo habían descubierto? ¿Su manada lo estaba siguiendo? ¿Su Selina estaba en peligro? Su lobo gruñó con solo imaginárselo al tiempo que corría entre la oscuridad de los árboles olfateando, hasta que por fin lo encontró, el rastro que buscaba.

Justo cuando ya estaba por pasar un riachuelo que atravesaba el bosque, Ares se atravesó en su camino, gruñendo a un lobo enorme, (aunque no tan grande como el lobo de Ares) y tan oscuro que su pelaje parecía absorber toda la luz, con unos ojos verdes que brillan a la luz de la luna, era Leo, su amigo y su beta.

El lobo de Ares, imponente, ancho, músculos, con pelaje plateado como la plata que brilla con los rayos de la luna y sus ojos dorados, se plantó frente a Leo, al tiempo que le soltó un gruñido amenazante.

Era obvio lo que sucedía, Ares había sido descubierto, Leo ya había visto a Selina y probablemente corría hacia la manada para avisarles de la traición de su Alfa.

Leo respondió con otro gruñido, pero no amenazante, uno bajo, sumiso y bajó su cabeza sin hostilidad, él no era idiota, sabía que no tenía mucha oportunidad frente a Ares.

Pero eso para Ares no era suficiente, su beta, se había convertido en una amenaza, no solo para él, sino para lo más preciado que tenía, su mate.

Y siguiendo sus más bajos instintos animales y sobreprotectores, el lobo de Ares saltó sobre Leo, derribándolo de un solo golpe, no pensaba matarlo, pero de alguna manera tenía que amenazarlo y proteger a su pareja destinada, Selina.

De inmediato, Leo se transformó, quedándose tirado en el suelo húmedo, entre las hojas de los árboles, con la respiración agitada.

Ares hizo lo mismo, tomando su forma humana, pues parecía que de verdad Leo no tenía la intención de pelear o escapar, sino de hablar.

— ¿Qué demonios haces aquí? — Bramó Ares con todos los sentidos alertas.

Él estaba listo para transformarse en cualquier momento y luchar, de ser necesario hasta la muerte por su humana.

— Quería confirmar mis sospechas… — Explicó Leo, sin miedo, levantándose al tiempo que se sacudía las hojas pegadas al cuerpo.

— ¿Qué sospechas? — Ares arrugó el entrecejo.

— Que no estabas viniendo al bosque solo para “correr” o “despejarte”… — Soltó Leo con un toque de sarcasmo y de inmediato, Ares apretó los puños. — Has estado mintiéndole a tu madre… Y a la manada… — Continuó Leo. — Y aunque solo soy tu beta, no soy idiot…

Leo no pudo terminar de hablar usando Ares ya lo empujaba contra un árbol, sosteniéndolo por el cuello con fuerza, como si quisiera ahorcarlo.

— ¿Qué viste? — Rugió Ares en el rostro de Leo y este alzó ambas manos como muestra de paz.

— Vi cómo la olías… Vi cómo te comportabas con ella… Vi cómo tu aura cambiaba a su lado… Y hoy, la sentí… Como ella cambiaba junto a ti… — Explicó Leo, pensativo.

— ¿A quién sentiste? — Ares ajustó más su agarre.

— A ella… A la humana… — Soltó Leo con una seriedad que dejó a Ares congelado.

Hubo un momento de silencio, que fue interrumpido por el mismo Leo, quien siguió hablando.

— Hueles por completo a ella, Ares… ¿Te imprimaste… de una humana?

Ares había vuelto al bosque, aun con el olor de Selina en la piel, ese aroma que solo él y su lobo reconocía como dulce, como: “mía”, y que para los demás lobos, debía ser detestable.

Leo se mantuvo solemne, escaneando la reacción de Ares, viendo como su alfa, por un momento, bajaba la mirada, incapaz de negarlo.

Ares lo soltó y Leo dio un paso atrás por instinto, sabía que su Alfa seguía en modo alerta, sabía Ares todavía podía atacarlo en cualquier momento, esto demostraba que un lobo era capaz de hacer lo que sea por su pareja, incluso traicionando a su propia manada.

— ¿La marcaste? — Insistió Leo y Ares se tardó un segundo en procesar la pregunta.

— Sí.

— Ares… si el consejo lo descubre… — Leo cerró los ojos, resoplando. — La mataran a ella y a ti te destrozaran…

— Nadie la tocará. — Gruñó Ares, tensándose nuevamente al tiempo que apretaba los puños a los costados.

— Sé que tú eres muy fuerte, pero… Ni tú puedes contra toda una manada… — Leo bajó el tono. — Te matarían primero a ti… para que ella quede desprotegida.

— Entonces moriré con ella. — Replicó Ares, sin titubear.

Leo lo miró fijamente y al momento, su semblante serio cambió, por primera vez soltó una pequeña sonrisa triste, al tiempo que se acercó a Ares con la suficiente confianza como para poner una mano sobre su hombro, como señal de apoyo.

— Hermano… estás perdido. — Resopló Leo.

— No me importa. — Replicó Ares, irritado.

— Está bien… — Leo inspiró hondo, como si hubiera tomado una decisión. — Te cubriré… Otra vez… Y las veces que sea necesario.

— ¿Cómo puedo confiar en ti, Leo? Esto no es otro de nuestros juegos… Si nos descubren, si te descubren ayudándome, tu vida también correrá peligro… — Advirtió Ares.

— No me importa… Ares, no solo eres mi Alfa, eres mi hermano, dime una sola cosa… ¿Cuántas veces te he fallado? — Preguntó Leo mirando a Ares a los ojos.

Y ciertamente, Leo era todo lo que Eros no había sido para Ares jamás, un hermano verdadero y confiable, en las buenas y en las malas, su mejor amigo y su beta.

— Tienes razón… — asintió Ares, algo más aliviado.

— Pero escucha y por favor, no me cortes la cabeza por lo que te voy a decir… ¿Estás seguro de que es humana? — Preguntó Leo repentinamente y Ares arrugó el entrecejo, extrañado. — Es que hay algo raro en ella… No huele como se supone que debería oler una humana normal, no lo sé, creo que no es… corriente.

— ¿Qué se supone que significa eso? — Preguntó Ares, confundido.

— No lo sé, pero me da miedo… Deberías investigar más sobre ella, sobre su vida o su pasado… — Comentó Leo, pensativo, Ares se quedó en silencio por un instante.

— Debe ser por la marca… no solo la está afectando a ella, yo también siento como a mí también me ha cambiado… — Concluyó Ares.

Ares había regresado a la cabaña, no estaba golpeado, no estaba herido, no estaba sangrando, él se veía perfecto y sano, como siempre, y aunque eso significaba un gran alivio, Selina no podía simplemente dejar de lado lo que había visto.

Selina se había abrazado con fuerza al cuello de Ares, quien la dejó sobre la cama con mucho cuidado, Ares intentó actuar normal, pero Selina sabía muy bien lo que había visto.

— Selina — Murmuró Ares, sentándose a su lado al tiempo que le acomodaba el cabello hacia atrás de la oreja con una delicadeza que casi rallaba en la adoración. — No vuelvas a salir sola… Jamás.

— ¿Por qué…? ¿Qué viste? ¿Por qué simplemente no me dices que fue lo que viste allá afuera? — Gimió Selina, casi con un puchero, Ares apretó los labios y se levantó de golpe.

— Ya te dije, no era nada importante, solo animales del bosque… y ya los ahuyenté.

¿Un animal del bosque? ¿Esa gran y aterradora presencia entre los árboles? Él se adentró en el bosque con una bestia allí, ella había visto las marcas de un gran animal y como Ares regresó con su pecho agitado y sus pupilas dilatadas.

Y no solo eso, cuando él la cargó y Selina se aferró a los hombros de Ares al tiempo que se pegaba a su pecho, ella pudo sentir su piel caliente, casi ardiendo y como la marca en su cuello vibraba como un latido compartido con el de él.

Selina lo observó moviéndose por la habitación, Ares se quitaba la ropa y tomaba una toalla con la intención de ducharse, ella se sentía, inquieta, había algo en Ares que parecía tan sobrenatural.

Entonces ella recordó ese destello dorado que había visto antes en los ojos de Ares, un brillo que casi parecía mágico.

¿Estaba ella siendo paranoica otra vez o aquí había algo extraño, algo inexplicable?

— Ares… — Selina respiró profundo. — Por favor… ¿Qué pasó allá afuera? ¿Por qué no me lo dices? ¿Por qué pareciera que me quisieras ocultar todo?

— Ya te dije… — Ares Replicó con firmeza y el entrecejo arrugado. — No es que quiera ocultarte algo… Afuera no había nada, no hay nada de lo que debas preocuparte.

— ¿En serio? Por qué yo vi una huellas ahí… — Insistió Selina, comenzando a molestarse, ¿Por qué parecía que a él le costaba tanto confiar en ella? — Ares ¿Qué era esa cosa? ¿Quién estaba allí?

— Nadie.

— No me mientas… — Selina se levantó, elevando el rostro con convicción, al tiempo que Ares cerró los ojos con frustración.

— Bien, la verdad es que… No puedo decirte…

Selina sintió un golpe en el pecho.

— ¿Por qué no puedes?

— Porque creo que… Te aterrarías.

La marca en cuello de Selina comenzó a arder con más fuerza, ella la tocó, Ares dio un paso hacia ella, pero Selina retrocedió, estaba pasando justo lo que él no quería, asustarla.

— Ares… — Gimió Selina.

— Dime… — Ares no titubeó.

— ¿Qué eres tú?

Ares abrió los ojos, impresionado, ¿Ella se había dado cuenta? Y por un segundo, solo un segundo, una vez más los ojos de Ares se vieron dorados, brillantes e inhumanos.

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