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Capítulo 7 — Es mi turno de jugar, hermanita.

Esa noche, la cena en casa de mis padres fue el mismo suplicio de siempre. Pero esta vez, con el peso simbólico de un anillo de un millón de dólares ardiendo en mi conciencia, no sabía exactamente cómo debía actuar.

¿Qué pasaría cuando todos supieran sobre el compromiso?

¿Evitarían que me casara con alguien mejor que el prometido de Amira?

¿O ella intentaría quitármelo tal y como hizo con August?

No lo sabía; solo me quedaba esperar a ver qué sucedía.

Amira brillaba en la mesa, contando los increíblemente aburridos detalles de la planeación de su boda. Eran cosas tan tontas y absurdas, pero mis padres la escuchaban como si narrara la épica de Homero.

¿Se alegrarán así por mí o lo odiarán?

—…y la madre de August insistió en que el menú debía tener trufa blanca —seguía hablando, jugueteando con su vaso de jugo—. Dijo que en la boda solo habría lo mejor para mí. Mi suegra y mi futuro esposo son tan considerados conmigo.

Puaj... Qué hipócrita.

—Una familia que sabe lo que vale una mujer como tú, cariño —asintió mamá, lanzándome una mirada rápida y vacía, que esta vez no me hizo sentir absolutamente nada—. Disfrútalo, Amira. Te mereces esta felicidad.

Se merece nadar en desechos radiactivos, mamá.

El timbre sonó, salvándome de soltar algún comentario despectivo que solo me haría quedar mal. Amira fue y abrió, solo para que un mensajero le entregara un paquete pequeño y reluciente.

—¡Otro regalo! —exclamó ella, fingiendo sorpresa y yo rodé los ojos—. August es insoportable. Ya le he dicho que no me consienta tanto. Me va a malcriar.

Mis padres sonrieron satisfechos y ella abrió aquel regalo. Eran unos pendientes de perlas y diamantes. Elegantes y seguramente caros, pero comparados con la piedra amarilla que había visto horas antes, estos pendientes parecían de juguete.

—Qué bonitos, Amira —le dije, forzando un tono neutral.

Ella me miró y sonrió; una sonrisa de triunfo. Sabía que disfrutaba de estas escenas, así que dejaría que se divirtiera un poco más.

—Gracias, hermana. Es lindo que lo digas, aunque sé que estas cosas no son… bueno, de tu mundo. August siempre dice que regalarme cosas es fácil, porque yo valoro y aprecio el esfuerzo. Que hay mujeres que no están… acostumbradas a lo fino.

En eso tiene razón. Nunca me interesaron las joyas ni nada de esas tonterías.

El ambiente cambió de inmediato y mis padres, como siempre, permanecieron callados, siempre cómplices de ella.

—¿Qué quieres decir con que "no son de mi mundo"? —pregunté, dejando el tenedor.

Ella tenía razón, sí, pero odiaba que asumiera cualquier cosa sobre mí.

—Oh, no lo tomes a mal, hermana —respondió, colocándose un pendiente—. Solo que, bueno, cuando salías con August, él nunca te dio este tipo de… atenciones. No es tu culpa. Simplemente, algunos hombres saben a qué mujeres hay que cortejar con lujos. Y a cuáles… con palabras.

Joder, realmente no quería discutir esta noche.

La rabia, mi vieja conocida, subió como la espuma, recorriendo todo mi cuerpo. Pero esta vez había algo nuevo; ya no estaba sola en esta lucha.

—Quizás —respondí, manteniéndome firme ante sus palabras—. August nunca me daba esas cosas porque sabía que no las necesitaba para sentirme valiosa. O quizás… porque nunca tuvo la imaginación, ni los recursos, para impresionarme de verdad... No a todas nos impresionan unos simples aretes, Amira.

Mi hermana soltó una risita condescendiente. Nunca me había visto como rival; por eso no se sentía amenazada.

—Adara, por favor. No hace falta que te pongas a la defensiva. Es normal tener cierta… envidia. Después de todo, nunca has recibido un regalo así, ¿verdad? De esos que te dejan sin aliento.

Mis padres intercambiaron una mirada, sintiendo que Amira ya estaba cruzando la línea. Incluso para ellos.

Fue papá quien decidió hablar primero.

—Amira, no la provoques. Tu hermana tiene otras cualidades que ofrecer al mundo.

Aquello fue un cumplido tan vacío que dolió más que un insulto directo.

Me tenía lástima.

¿Conque nunca he recibido un regalo que me robe el aliento, eh?

La imagen del diamante amarillo, tan hermoso e imponente, brilló en mi mente. Aún recordaba a la perfección su peso en mi dedo y lo increíble que se veía en mi mano. La expresión en la cara de Holden al comprarlo fue lo que me hizo sentir tan segura.

Podría soltarlo todo ahora mismo. Cerrarle la boca con solo un par de palabras y mi venganza comenzaría de una vez.

Sería tan fácil…

Abrí la boca para hablar. Las palabras estaban ahí, en la punta de mi lengua. Solo tenía que dejarlas salir:

“Hoy, mi mejor amigo me compró un anillo de compromiso de más de un millón de dólares, Amira. Tu pendiente costó menos que la caja en la que vino el mío, así que no alardees tanto”.

Pero, con todo el dolor de mi alma, me tragué todo aquello.

No era el momento. No aquí, ni así. Teníamos un plan y debía seguirlo.

Aun así, quería ver su cara cuando lo supiera. Quería que la humillación fuera total y pública, que pagara por todos los años de humillación que viví solo por haber nacido con un defecto en mi corazón. Finalmente había llegado mi momento de jugar, y no dejaría que la emoción del momento nublara mi juicio.

—Tienes razón, Amira —hablé después de un rato, con una sonrisa falsa que me hizo doler los músculos de la cara—. Nunca he recibido un regalo como ese; supongo que no es algo para mí.

Me levanté, dejando los cubiertos a un lado y bajo la mirada de todos.

—Disculpen, he perdido el apetito. Iré a mi habitación.

Y así, salí del comedor bajo la mirada satisfecha de mi hermana y la mirada molesta de mis padres. Ellos detestaban que me levantara de la mesa antes de terminar de comer, pero mientras subía a mi habitación, no sentí la derrota que siempre me envolvía después de discutir con Amira.

Esta vez era diferente. Pronto, muy pronto, esa estúpida sonrisa se borraría de su rostro para siempre.

Es mi turno de jugar, hermanita.

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