Mundo ficciónIniciar sesiónCuando salimos de la joyería, me sentí como si hubiéramos cruzado un portal a otra dimensión. Una donde la gente gastaba en un anillo lo que costaba un departamento de lujo.
¡Me estoy volviendo loca! El aire caliente de la calle me golpeó, pero no logró despejar el mareo que amenazaba con desmayarme. —¡Un millón de dólares, Holden! —exclamé completamente horrorizada, agarrando su brazo para que se detuviera en la acera—. ¡¿Estás completamente demente?! Vamos, tenemos que devolverlo. Él se giró con una calma exasperante, la pequeña bolsa de terciopelo negro balanceándose entre sus dedos como si no pesara más que un caramelo. Como si no hubiera costado ni un solo centavo. —Primero, es un Vivid Yellow de 18 quilates, sin una sola impureza. Solo existen tres iguales en el mundo. Segundo, no es un gasto, es una inversión. Y tercero... costó un millón doscientos mil dólares. Hay que tener credibilidad, Godoy. —¿Credibilidad? ¡Podría tener un diamante de cristal en este dedo y tu abuelo no notaría la diferencia! El gesto de mi mejor amigo me hizo ver que estaba muy equivocada. —Mi abuelo —respondió él, acercando su rostro al mío con una perfecta sonrisa de lobo— tiene un ojo para las piedras preciosas más entrenado que el de un joyero. Si te presento con algo menor a esto, pensará que es una farsa. Esto... —sacó el estuche y abrió la tapa con gracia— grita: "este chico tiene un compromiso real y está desesperadamente enamorado". Grita: "te elijo sobre todas las cosas". Y, sobre todo, le grita al mundo entero que es mucho mejor que cualquier cosa que August Saavedra pueda comprar. Oh, Dios. ¿En qué me metí? El anillo brilló bajo la luz del día, un trozo de sol atrapado en platino. Era… obscenamente hermoso y eso me aterraba. —No voy a usarlo, Holden —le dije, cruzando los brazos. Era una joya preciosa, pero demasiado costosa. —Por supuesto que lo harás. —No. No lo haré. Es una locura. Si llego a perderlo… —Tendrás un guardaespaldas las veinticuatro horas si así lo necesitas. Andrea te adora, estará encantada de cuidarte. ¿Es que acaso no ve el verdadero problema aquí? —Holden, ¡no! —Adara, ¡sí! —imitó mi tono, riendo como si fuera la cosa más graciosa del mundo—. Mira, es simple. Lo usarás durante el año que dure nuestro pequeño… arreglo. Luego, si de verdad te molesta tanto usarlo, me lo devuelves y ya está. Aunque me ofenderé profundamente si lo haces. Idiota. —Pues eso es exactamente lo que haré. Lo usaré solo para las apariencias necesarias y luego, de vuelta a tu caja fuerte... o donde sea que se guarden las joyas valiosas. Él bufó, exageradamente ofendido, pero luego asintió. —De acuerdo, de acuerdo... Terca como siempre, Adara. Eso no ha cambiado, pero te advierto que lo usarás el día que hablemos con mi abuelo. No hay negociación ahí. Joder. —¿Y cuándo será eso? —Pronto. Primero se lo diremos a él y luego a tus padres. —Su sonrisa se volvió peligrosa y yo sentí cómo mi cuerpo se erizaba—. Ese día, querida falsa prometida, te pondrás este anillo aunque tenga que sujetarte la mano yo mismo. Oh, vaya. Estábamos discutiendo de camino al estacionamiento, como si fuésemos un viejo matrimonio, cuando una voz femenina y llena de sorna nos hizo detener. —Vaya. Discutiendo por el dinero incluso antes de la boda. Qué romántico, Holden. Me emociona todo esto. Lo que faltaba. La versión femenina de Holden Somerset. Andrea. La guardaespaldas, chófer y, según ella, única persona sensata en la vida de mi mejor amigo. Ella se encontraba apoyada contra la SUV negra y blindada de mi amigo. Se veía hermosa con su traje, su cabello recogido en una trenza fashion y esa sonrisa que conocía todos los secretos de Holden, y algunos míos. Era, sin duda, un espectáculo de mujer que sabía muy bien cómo usar armas. —Andrea —suspiró Holden—. Las lesbianas no tienen voto en las bodas heterosexuales. Es una regla que pensé que conocías. —Ah, sí, la regla del "hombre terco que gasta una fortuna en un anillo para su mejor amiga". La conozco, jefecito. Es un clásico. —Y luego me guiñó un ojo a mí—. Hola, Adara... Me alegra ver que al fin aceptaste que este idiota es tu problema. ¿Eh? —Él no es mi… bueno, técnicamente ahora sí, supongo —respondí, suspirando y encogiéndome de hombros a pesar de todo. —¿Lo ves? —le dijo Holden a Andrea—. Ya asume que soy de su propiedad. Es un progreso, al menos. Ahora, ¿nos llevas o seguirás haciendo comentarios sobre mi gestión financiera? La chica se encogió de hombros y sacó las llaves de la camioneta de sus bolsillos. —Solo digo que con ese dinero yo me compraba una isla pequeña —comentó, abriendo la puerta trasera para que yo entrara—. Oh, y un par de esposas... Pero cada quien con sus prioridades, Somerset... ¿A dónde, señores enamorados? —A casa de Adara. —No —me negué—. A una cuadra de mi casa, Andrea. En la esquina del parque. Holden puso los ojos en blanco. Siempre se cabreaba porque nunca lo había dejado llevarme a casa. Mis padres apenas sabían sobre él. —¿En serio? ¿Seguirás ocultando que tu mejor amigo es multimillonario? Ni siquiera Amira lo sabía, y ella estudió en la misma universidad que nosotros. —No quiero que mi familia te vea todavía... o al menos no hasta que tengamos el guion perfecto. —Tu familia ni siquiera se acuerda de mí, Adara. —Por esa misma razón, aprovechemos el momento para prepararnos bien. Cuando llegue el día de la revelación y sepan quién eres ahora, el impacto será mayor. Confía en mí, sé exactamente cómo golpearlos. Solo que nunca tuve un buen patrocinador que me ayudara. Andrea asintió de acuerdo conmigo y encendió la camioneta, sacándonos del lugar mientras reía entre dientes. —Me encanta este plan loco de ustedes dos... Tiene todo el drama de una telenovela, pero con mejor presupuesto. A la esquina del parque, pues. Para mí es más como una incómoda película de horror.






