— ¿A qué debo esta inesperada visita? — Gruñó Albert, apretando la mano de Gianfranco con fuerza, al tiempo que arrugaba el entrecejo.
— Mi estimado señor Collins… — Gianfranco soltó la mano de Albert, estirándola discretamente ante el fuerte apretón que había recibido, para luego tomar asiento al otro lado del escritorio. — Verá, llevo unos días en la ciudad, ya sabe, cerrando tratos, arreglando mis negocios y algunos asuntos pendientes… — Comentó muy casual. — Pronto me iré, pues ya he soluc