Mundo ficciónIniciar sesiónBuenos Aires no cambia; las personas tampoco, al final cuando amamos nos volvemos expertos en ignorar las señales hasta que la traición nos obliga a enfrentar lo que no quisimos ver.
La frase martillaba mi cabeza mientras caminaba por Puerto Madero, tenía el celular en la mano y una sensación ácida instalada en el pecho desde varios días, no era una sospecha clara, ni una certeza, era simplemente algo que no terminaba de encajar como una pieza de un rompecabezas que alguien hubiera forzado en el lugar equivocado.
Damián no contestaba, no era algo inusual en él pero tampoco se sentía normal, habían pasado horas y yo ya había revisado la pantalla más veces de las que estaba dispuesta a admitir frente al espejo.
—Estás paranoica —me susurré, intentando que el sonido de mi propia voz espantara el miedo.
Quizás lo estaba, pero esa sensación bajo la piel no desaparecía. Seguí caminando sin un rumbo decidido hasta que mis pies se detuvieron frente a un edificio que conocía demasiado bien. Sin planearlo estaba frente al apartamento de damian; simplemente, mi cuerpo tomó el mando cuando mi mente se quedó sin excusas.
Miré hacia arriba, las luces del piso doce estaban encendidas, respiré hondo, sintiendo el aire frío de quemándome los pulmones, no tenía sentido subir, de seguro dejo las luces encendidas o su celular no tiene baterias, toda mi vida he evitado ser esa mujer que hace una escena sin sentido, pero sentia ese llamado que me decia que debia subir.
El ascensor se abrió y entré.
El trayecto lo senti mas largo que los pocos minutos que transcurrieron, el espejo del ascensor me devolvió una imagen que no reconocí del todo, una mujer con una mirada cansada y una palidez de quien presiente el desastre, por primera vez dudé e hice el intento de bajar pero las puertas se habñian cerrado y el ascensor ya estaba en marcha.
Cuando las puertas se abrieron, el sonido de una risa me golpeó antes que el aire del pasillo, no era su voz o tal vez sí, pero no estaba solo. Caminé despacio, cada paso pesaba más que el anterior, la puerta estaba entreabierta, no tuve que tocar, ni llamar, micho menos pedir permiso, solo empujé y ahí estaba.
No fue una escena de película, no hubo gritos desgarradores ni platos rotos. Fue una realidad, una escena de esas que no necesitan subtítulos para ser entendidas, Damián y una mujer demasiado cerca para ser amigos, demasiado evidentes, demasiado cómodos en una intimidad que hasta hace cinco minutos yo creía que me pertenecía.
El tiempo no se detuvo, el aire se volvio espeso, mi mente procesó la escena en fragmentos lentos: primero la imagen, después el significado y finalmente el impacto seco de la realidad que siempre habia ignorado, sus desapariiciones, excusas, el no estar disponible, los mensajes evasivos, todo tenia un porque, un rostro y los estaba viendo frente a mi.
—Alexandra —su voz sonó hueca, despojada de toda esa seguridad que me había enamorado.
No lo dejé terminar, no porque temiera sus mentiras, sino porque la verdad era tan ruidosa que sus palabras habrían sido un susurro innecesario. Retrocedí un paso, luego otro, sin llorar, sin romper el silencio, sin desmoronarme frente a ellos. Porque lo que realmente se había roto en esa habitación no estaba a la vista, estaba ocurriendo dentro de mí, en un lugar donde nadie podía tocarlo.
—No —fue lo único que dije.
No fue una negación de lo que veía, sino una aceptación tranquila, casi gélida. me giré y caminé hacia el ascensor.
—Alexandra, espera —escuché sus pasos rápidos detrás de mí.
Esta vez me detuve pero no le regalé el gesto de girarme, ya no quería volver a ver ese rostro, escuhar sus excusas, solo queria que me dejara en paz.
—No —repetí y mi voz salió tan firme que me sorprendió— No me sigas.
Salí al pasillo, Si al entrar lo sentia largo ahora lo sentía más, más frío, más vacío. El ascensor tardó una eternidad en llegar o tal vez fui yo la que se quedó suspendida en el tiempo, cuando por fin entré y las puertas se cerraron, apoyé la cabeza contra el espejo y cerré los ojos.
Entonces y solo entonces, respiré. Pero no fue alivio lo que sentí, fue un vacío limpio y silencioso. Entendí algo que no estaba preparada para aceptar pero que ya no podía ignorar, no era que todo hubiera cambiado de repente, era que en realidad fue como yo creía.







