Mundo ficciónIniciar sesiónEl vacío de la noche anterior se convirtió en un frío lúcido a la mañana siguiente, me desperté en mi departamento pero ya no se sentía como mi hogar, era solo una caja llena de recuerdos que ahora me resultaban ajenos.
No hubo mensajes de disculpa, no hubo llamadas desesperadas. Damián conocía el peso de mi "no" tanto como yo, pero el silencio escondía algo más que una ruptura, era una traición.
No podía quedarme en esta casa cada rincón pesaba demasiado. Me preparé un café, más por el calor de la taza que por necesidad, intentando sostenerme en algo tan simple como eso, después revisé mis cuentas, calculando con frialdad con qué armas podía empezar de nuevo.
—No —susurré frente a la pantalla.
La palabra salió igual de seca que en el pasillo de Damián pero esta vez con un matiz de incredulidad. El saldo de la cuenta compartida para nuestro "Futuro" no estaba, estaba vacío, revisé los movimientos, las transferencias realizadas en las últimas horas, retiros que no llevaban mi firma, pero sí su autorización, Damián no solo se había llevado mi confianza, se había llevado mi seguridad.
Llamé a mi abogado, un viejo amigo de la familia.
—Ale —su voz sonó cargada de una lástima que odié al instante— Me fijé en lo que me pediste y las garantías que firmaste el mes pasado, Damián las usó para cubrir sus propias deudas. La casa de tú abuela está en el aire.
Colgué, no podía permitirme el lujo de llorar, pero sentia las lagrimas rodar por mis mejillas, no puedo llorar me repetia, el llanto era para quienes tenían tiempo y yo solo tenía deudas y un apellido que estaba a punto de ser arrastrado por el banco.
Miré por la ventana, Buenos Aires seguía ahí brillante y engañosa pero ya no era mi ciudad. Era el escenario de mi ejecución.
Entendí que para sobrevivir tenía que dejar de ser la Alexandra que esperaba que las cosas "encajaran" y ser la que forzara las piezas.
Abrí la computadora, no busqué vuelos busqué oportunidades. Un nombre apareció en una de las alertas de empleo para perfiles de Linkdln, Vilmort Enterprises, estaban expandiéndose y buscaban analistas que no tuvieran miedo al riesgo gente capaz de ver lo que otros ignoraban.
La sede estaba lejos, en otro país y en otra realidad.
Cerré los ojos y recordé la risa en el pasillo, el saldo en cero, la mirada de Damián y entonces sentí cómo la última pizca de calidez se evaporaba de mi pecho.
—Buenos Aires me cegó —dije en voz alta, mi voz resonando en el departamento vacío— y lo peor de todo fue que yo le abrí la puerta con una sonrisa a mi verdugo.
Me puse de pie, ya no había nada que empacar que valiera la pena llevarse. Tomé mi pasaporte y el poco efectivo que guardaba en mi caja fuerte personal.
Esa misma tarde, el taxi me llevó al aeropuerto, no miré hacia atrás por la ventanilla. No quería ver las luces, ni el reflejo del río.
Cuando el avión despegó sentí el tirón en el estómago. Damián tenía razón en algo me iba a caer un día de estos, lo que no sabía es que, al tocar fondo uno descubre que el suelo es lo suficientemente sólido como para impulsarse de nuevo.
Próxima parada un lugar donde nadie supiera quién era yo, donde nadie pudiera tocarme y donde el control no fuera un juego, sino mi única religión.







