Yago cerró la puerta de su despacho blindado, dejando a Mateo y la estrategia legal en suspenso. Caminó hacia el ventanal de la terraza donde Alina Korályova esperaba, copa en mano, mirando el horizonte del puerto como si ya le perteneciera. Antes de salir a su encuentro, Yago sacó su celular y marcó el número de Carlos.
—Carlos —dijo Yago en voz baja, con ese tono que usaba cuando la travesura se mezclaba con la táctica—. Cancela la camioneta para mí.
—¿Señor? —la voz de Carlos sonó confundida por el auricular—. ¿En qué nos vamos a mover? El Interceptor está en el taller.
—Prepara el Mustang Shelby GT 500 —ordenó Yago, una sonrisa curvando sus labios. Era su otro juguete, una bestia de ingeniería americana, menos sutil que la camioneta y mucho más agresiva—. Quiero que lo saques de la zona de seguridad y lo tengas listo en el acceso VIP en cinco minutos.
Yago hizo una pausa, visualizando la logística del traslado. Moverse con la realeza rusa requería un protocolo especial, pero él ib