Yago cerró la puerta de su despacho blindado, dejando a Mateo y la estrategia legal en suspenso. Caminó hacia el ventanal de la terraza donde Alina Korályova esperaba, copa en mano, mirando el horizonte del puerto como si ya le perteneciera. Antes de salir a su encuentro, Yago sacó su celular y marcó el número de Carlos.
—Carlos —dijo Yago en voz baja, con ese tono que usaba cuando la travesura se mezclaba con la táctica—. Cancela la camioneta para mí.
—¿Señor? —la voz de Carlos sonó confundida