El taxi, un sedán blanco con los amortiguadores vencidos y el olor impregnado de miles de viajes anteriores, se detuvo con un rechinido agudo de frenos frente a la casa de las hermanas Cabo. El motor, ruidoso y cansado, era el único sonido que rompía la quietud de la colonia dormida, un contraste humillante con el ronroneo poderoso y silencioso de la camioneta blindada en la que Belém había partido horas antes.
Belém miró por la ventanilla empañada. La fachada de su casa se veía igual que siemp