El interior del Gran Café de la Parroquia era un caos sensorial que aturdía y fascinaba a partes iguales. El aire, denso y refrigerado artificialmente para combatir el bochorno del exterior, olía a una mezcla embriagadora de granos de café tostados con azúcar, leche bronca hirviendo y pan dulce recién horneado. El sonido ambiente era una cacofonía ensordecedora de conversaciones cruzadas, risas de turistas, el chocar de la loza y, sobre todo, el omnipresente tintineo de las cucharas golpeando l