Alina Del Castillo —como se repetía a sí misma en su mente para no olvidar su nuevo papel— se reacomodó en el trono de terciopelo estilo Luis XV. El alivio que le proporcionaba la ropa interior de algodón era inmenso, una tregua física en medio de la guerra que ella misma había declarado contra su propio cuerpo y su destino. Sin embargo, la paz mental fue efímera.
Con un movimiento elegante y fluido de su muñeca izquierda, giró el antebrazo para consultar su reloj suizo. La esfera de nácar y lo