Alina Korályova de la Vega, ahora autoproclamada Alina Del Castillo en la fantasía de ese recinto comercial, permanecía sentada en su trono de terciopelo estilo Luis XV. Hacía apenas unos minutos, se sentía como una reina supervisando el saqueo de su propio ajuar, pero ahora, la realidad fisiológica de su transformación comenzaba a cobrarle una factura dolorosa y punzante.
El asiento, aunque lujoso y mullido, retenía el calor.
Y ese calor, combinado con la presión de estar sentada y el roce ine