La mano de Alina ya estaba sobre el pomo de acero frío de la puerta, lista para girarlo y salir al mundo como una mujer renacida. Su mente ya estaba a kilómetros de distancia, planeando su encuentro con el chofer, la farsa en la boutique y, eventualmente, su estrategia para conquistar a Yago del Castillo. Sin embargo, la voz profesional y firme de la esteticista la detuvo en seco, obligándola a regresar a la realidad clínica de la habitación.
—¡Espere un momento, señorita Quintana! —exclamó la