Belém no necesitó palabras para entender lo que Javier quería. El silencio tenso y la orden fría de cambiar de posición le decían que debía terminar el acto de la manera más rápida y satisfactoria posible para borrar el nombre de Yago de su mente. Y Belém conocía la posición. Conocía los ángulos, la profundidad y el ritmo exacto que lograban la rendición de su marido.
Se colocó debajo de él, sus ojos ahora fijos en el techo, su mente ya en modo piloto automático. Extendió la mano, y sin un atis