El impacto de la noticia en la pantalla gigante de la sala de juntas resonaba como un trueno en los pasillos de CIRSA. El murmullo de los ejecutivos se había transformado en un zumbido de alarma, las caras largas y las miradas de pánico evidenciaban la magnitud del desastre mediático. Pero en medio de ese caos incipiente, Diana Castillo permanecía erguida, una esfinge de calma gélida. La satisfacción que la invadía era casi tangible, una oleada de poder que recorría sus venas. Belem no solo hab