Mientras Yago, Nant, Clara y Emilia emprendían el regreso a Puebla, y Nant meditaba sobre las nuevas complejidades de su corazón, a cientos de kilómetros, en la imponente matriz de CIRSA, la atmósfera era diferente. En su oficina de diseño, con vistas panorámicas a la agitada ciudad, Diana Castillo estaba inmersa en sus propios pensamientos, tan intrincados como los patrones de los planos arquitectónicos que adornaban su escritorio.
La cena de hacía un par de noches, en su propia casa con Yago