Justo después de que Clara abrazara a Nant, un abrazo que era tanto una despedida silenciosa como una bendición, dejando a su hija asimilar el peso de su consejo y de su propia y emocionante trayectoria, Yago regresó. Él entró en la sala con una sonrisa despreocupada, ajeno a la intimidad profunda que se había forjado en su ausencia. Sin embargo, sus agudos ojos notaron el rastro de lágrimas en el rostro de Clara y la inusual quietud de Nant.
—¿Todo bien? —preguntó Yago, su voz suave, con un ma