El silencio en el salón de la casa de Veracruz era más ruidoso que cualquier grito. Belém se quedó de pie, el teléfono aún pegado a su oído, el eco del tono de desconexión resonando en su mente. Su mano, que sostenía el aparato, temblaba incontrolablemente, a punto de dejar caer el objeto que había sellado su destino. El triunfo que había sentido por un año, la dulce venganza que había planeado y ejecutado con tanta precisión, se había desvanecido en el aire como humo. La caída de CIRSA, el cao