El resonar del timbre rompió el tenso silencio que se había instalado en la mansión Castillo. Ludwig, sentado en su imponente escritorio de caoba, dio un respingo, el dolor de cabeza de la resaca intensificándose con el sonido agudo. Diana, de pie frente a la ventana, su mente en un torbellino de preocupaciones, se sobresaltó. La puerta de la oficina, por donde habían espiado la llegada de Yago, estaba ligeramente entreabierta, dejando pasar el eco del timbre por toda la casa. Fue Eunice, su ro