Durante el tranquilo y lujoso trayecto por las calles de Puebla, el silencio fue interrumpido por la vibración casi simultánea de dos teléfonos. Tanto el de Nant como el de Yago sonaron al unísono, anunciando una llamada entrante. Para Nant, era un número conocido; para Yago, era un número privado. Ninguno de los dos se imaginó que se trataba de la madre de Nant. Nant la atendió y le puso el altavoz sin previo aviso, algo que Yago no esperaba.
—Hola, hija —dijo la madre de Nant, con un tono ama