Nant, sus mejillas ya encendidas por el rubor de la conversación, se inclinó aún más hacia su madre, su voz bajando a un susurro urgente, casi una súplica, una pregunta que la propia Clara no se atrevió a imaginar. Sus ojos brillaron con una luz inusual, mezcla de vulnerabilidad y una determinación férrea.
—Mamá... —comenzó Nant, su aliento acelerado, el carmesí de su rostro se tornó de un tono aún más intenso—. Tú sabes. Tú has estado ahí. Dime, enséñame a complacer a Yago en la cama, mamá.
La