El silencio cargado de la monumental confesión de Nant colgó en el aire entre madre e hija, justo en el momento en que Yago regresaba de los servicios. Su figura apareció junto a la mesa con una sonrisa despreocupada en el rostro, ajeno a la profunda e íntima conversación que acababa de tener lugar y a la silenciosa revolución que acababa de ocurrir en el corazón de Nant. Su confesión —esa verdad temida, pospuesta, temblorosa— seguía vibrando como un eco entre ellas, como si no hubiera terminad