El aire en la suite presidencial del hotel se había vuelto un torbellino de sensaciones, cada aliento, cada roce de piel, una nota en una sinfonía de deseo creciente. La mano de Yago, experta y gentil, se movía sobre la intimidad de Nant, sus dedos explorando con una precisión que encendía cada fibra de su ser. Nant, al sentir la mano y los dedos de Yago en su parte íntima, una caricia que era a la vez dulce y provocadora, notó cómo el placer se intensificaba con cada movimiento. La destreza de