El silencio que siguió a la tormenta de placer no era vacío, sino un lienzo sonoro tejido con el suave compás de sus respiraciones agitadas y el latido al unísono de sus corazones. La suite presidencial, bañada por la tenue luz de la ciudad de Puebla que se colaba por los ventanales, se había transformado en un santuario íntimo, un refugio donde el tiempo parecía haberse detenido. Nant, con el cuerpo aún tembloroso por el éxtasis reciente, se recostó en el brazo extendido de Yago, su cabeza rep