La opulenta mansión en el Club Residencial El Refugio, un santuario de mármol pulido y caoba oscura, reverberaba esa noche con la estridencia de una discordia que no podía ser contenida por sus paredes insonorizadas. El eco de las voces de Ludwig y Diana, amplificadas por la frustración de ella y el alcohol en él, se escapaba incluso hacia los jardines inmaculados, donde las fuentes danzaban ajenas al huracán doméstico. Diana, con su impecable traje de noche ahora ligeramente arrugado, paseaba